LOS INICIADORES

Dicen que quien olvida sus orígenes pierde su identidad. Guardar en una bonita vitrina los mejores recuerdos no es tan sólo un ejercicio ético de respeto al pasado, sino la mejor manera de cimentar un futuro mejor, un futuro que no podremos entender si a su vez no conocemos nuestro pasado.

Pero, al parecer, no es fácil respetar el pasado inmediato. De hecho, no nos podemos acordar de lo que hicimos ayer, pero sí que añoramos con nostalgia los pasajes más lejanos de nuestra infancia y, quizás, éste sea el origen de esta extraña costumbre humana que hace al hijo renegar del padre pero, a la vez, venerar al abuelo.

Afortunadamente, siempre ha habido personajes en la historia que, de forma instintiva, se han saltado estas reglas, para bien del resto de la humanidad. Con toda seguridad, Mario Soler (Bassella, 1907-1991) fue uno de ellos. Desde muy joven, su pasión por el motociclismo traspasó las barreras de una afición más para convertirse en auténtico motivo de su vida. Su clarividencia al saber conservar y recuperar viejas motos del inexorable destino de la chatarra fue el factor clave para que, a su vez, sus manos y su corazón supieran devolver a aquellas viejas y olvidadas máquinas los mejores momentos de su historia. Gracias a él y a hombres como él podemos hoy entender mejor nuestro presente.

GASTON CHRITIN
No suele ser tarea fácil conocer los orígenes de cualquier historia, pero en el caso de la afición por la moto de Mario Soler, existe un claro responsable: Gaston Chritin.

Este francés, nacido en 1882, llegó a Barcelona en los albores del siglo XX, donde abrió un pequeño negocio de gemología (estudio de las gemas o piedras preciosas) y siguió practicando la que era su principal afición: el motociclismo.

Los archivos del RMCC están llenos de las gestas logradas por Chritin a los mandos de impresionantes motocicletas que nunca antes se habían visto por estas tierras. L’Arrabassada, la Sitges-Vilanova o la Volta a Cataluña son algunas de las pruebas que vieron al heroico francés en lo más alto del podio, contribuyendo con su experiencia al desarrollo del motociclismo catalán en aquellos años de pioneros.

Mario Soler fue uno de los muchos que se sintió atraído por tan carismático personaje, compartiendo la pasión por las motos y forjando una amistad que se consolidaría en 1927, año en que Gastón tuvo que retirarse de la competición a causa de una grave accidente en la Subida en Cuesta a la Arrabassada. El francés eligió la tranquilidad de Bassella para su recuperación y no sólo impregnó de su afición y conocimientos a la familia Soler, sino que también cultivó una pasión por las motos en toda la comarca del Alt Urgell que se ha mantenido viva hasta hoy.

Gaston Chritin nos dejó en 1969, pero la semilla que plantó en sus constantes idas y venidas a Bassella siguen, después de muchos años, dando sus frutos. Entre ellos, este Museo, que de ninguna manera podía darse por inaugurado sin rendir este pequeño homenaje a aquel pionero del motociclismo catalán.

Gaston Chritin

3 CASAS, UNA HISTÓRIA.

El tiempo pasa de manera inexorable para todos, pero también es cierto que todos encontramos recursos para preservarnos un poco del paso del tiempo. Los hombres tenemos la memoria, que alimentamos con los recuerdos; pero los edificios, seres inanimados que a su tiempo han dado vida, sólo disponen de la memoria de los hombres para sobrevivir al paso de los años.

El primer Hostal de Bassella, construido por la familia Soler en 1687 y conocido como “Cal Pauet”, ya no existe, muerto por el olvido al que lo relegó la construcción de la nueva carretera que volvió a llenar de polvo el antiguo “Camí ral”.

En el año 1913, las alpargatas dejaron paso a los neumáticos i el Hostal resucitó. La familia volvió a edificarlo y lo convirtió en un punto de encuentro para caminantes, viajeros, pescadores y cazadores, pero sobre todo, en un edificio emblemático del pueblo de Bassella.

A las puertas del tercer milenio, el tiempo pasó de nuevo factura y el eterno fantasma del pantano de Rialb, convertido finalmente en realidad, negó definitivamente con sus aguas las viejas piedras del Hostal.

Pero siguiendo la tradición, la familia Soler se resistió a perder sus orígenes i levantó un nuevo edificio. Fue en el año 2002, en la carretera C-14. En una doble concepción, tanto simbólica como auténtica, de restaurante y de museo, conserva en sus techos, paredes, ventanas y pavimentos, materiales recuperados de los antiguos hostales, que no estaban muertos, sólo dormían un profundo sueño. Bassella, viejas piedras que , gracias a la memoria, se resisten a morir.

De la web museumoto.basella.com

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